No nos sobra Carnaval y, aunque todavía estamos apurándolo en la charca, ya estamos pensando en enterrar la sardina. Será en Serrada el martes 21 a las 6 de la tarde, depués de un buen chocolate.
Desgranaremos un rosario de historias disfrazadas en el entierro del brillante pez, y como nos gusta empezar por el principio, veamos de dónde viene esta particular ceremonia que en cada pueblo se celebra de una manera:
Ya contamos cuando hablamos de Doña Cuaresma y Don Carnal que la tradición cristiana imponía la obligación de privarse de los placeres de la carne durante largos días. Así que hubo un rey llamado Carlos (nombre de rey donde los haya) al que se le ocurrió celebrar una fiesta: pretendía enterrar un costillar de carne como símbolo del inicio de la penitencia y, en compensación, invitar a ricas sardinas asadas a todos sus súbditos. Ese día hizo un sol excepcional para la época del año en la que se encontraban y, cuando los cocineros fueron a por las sardinas éstas apestaban. De modo que, para librarse del mal olor, fueron las sardinas las enterradas y el costillar el que fue a parar a las ascuas. La fiesta quedó así instaurada.
Años más tarde el peculiar sepelio fue recuperado por los estudiantes que le dieron el cariz cómico e irreverente que hoy tiene.
Es frecuente ver cómo en muchos pueblos a la sardina le sigue un fasto fúnebre en el que los hombres van vestidos de plañideras, las viudas de la sardina difunta confiesan sus pecados carnales ante falsos sacerdotes. Los estamentos del poder están representados en el séquito: clérigos, policía, políticos, jueces… y todos ellos son satirizados con cierta impunidad. No falta el personaje del diablo tratando de impedir la santa sepultura de la sardina y soliviantando al personal.
Por fin la sardina es incinerada, símbolo pagano del fin de un ciclo y el comienzo de otro.











