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LA HISTORIA DE SALTALARANA

 

Quién es Isabel Benito García ->

Isabel

Isabel Benito nació en el páramo, abrigada por un abuelo que hipnotizaba gallinas y otro que le hizo protagonista de todos los cuentos.


En la biblioteca encantada de su colegio aprendió que los buenos libros contienen más preguntas que respuestas, tal vez por eso unos años más tarde se licenció en Filosofía. Y con los bolsillos llenos de preguntas va completando su formación con talleres de narración oral, dinamización sociocultural, cursos sobre literatura y el Máster de Promoción y Mediación de la lectura del CEPLI. Tiene buen tino para encontrar maestros y compañeros, con los que comparte dudas y algún secreto.


Entre tanto se convirtió en narradora en fárfula: a veces contando historias en voz baja y, de vez en cuando, levantando la voz en ferias del libro, bibliotecas… En una de esas le prestaron un coche y un montón de libros; le dijeron que era mediadora y pudo pasar unos años recorriendo centros escolares de media España, contagiando su entusiasmo por la literatura y compartiendo libros con niños, jóvenes, profesoras, padres y alguna abuela: entraba al asalto en aulas y bibliotecas, sembraba alguna historia y recogía muchas, y  rápidamente salía a la carrera a seguir con la tarea. De tanto andar le entraron ganas de buscar un sitio donde quedarse, eso le llevó a probar como librera, y así pasó un año en Oletvm contando y contando. Ver a los lectores y a los libros desde otro ángulo le amplió las miras. Y las preguntas, otra vez, le llevaron a reencontrarse con Diana para crear Saltalarana y  lanzarse a elaborar proyectos juntas.

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Quién es Diana Sanchís Lobato ->

Diana


Ser la pequeña de la casa me hizo ser un poco payasa, así que siempre tendí a contar cosas buscando la sonrisa del otro, o de la otra, según...


Del frío de Valladolid, los almendros y el cereal nos mudamos a las calles con naranjos de un pueblo en Sevilla. Allí despertó la adolescente que guardaba y, como desde niña lo que más me gustaba del cole eran las clases de lengua y literatura, al llegar a la universidad me matriculé de Filología Hispánica. Qué maravillosa ventana al mundo: las clases de latín, de literatura hispanoamericana, de lingüística, el cuadernillo literario...; los pasillos, cafetería, tarimas, miradas... la universidad en su dimensión más íntima.Aunque a mi lo que me gustaba era jugar...


Jugando en el teatro aprendí a improvisar y a no tenerle miedo al público, bueno, sólo un poco... En rincones de bibliotecas descubrí los personajes que me pedían voz para llegar hasta niñas y niños.
El azar me llevó a encontrar un lobo que me indicó un camino a través del bosque en el que andaba perdida, y volví, cual Garbancito siguiendo el rastro de pan, de nuevo a Valladolid. Llegaron la Educación Social, los zancos y malabares, la vendimia, el cocodrilo verde, Ferias del Libro, coles, bibliotecas, librerías, museos... mil y una historias, narradas, tejidas, compartidas.
Viví en la torre de un palacio, recorrí calles volando en bicicleta, cooperé Adrede en proyectos de acción social, miré como mujer de ojos grandes y un día, en medio de un salto, me encontré con mi compañera renacuaja.


En Saltalarana puedo soñar y contar mientras me paro a mirar a los ojos de chicos y grandes, puedo compartir mi cotidiano con una compañera

diana@saltalarana.es

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Corría el final del siglo XX cuando, en un barrio a las afueras de Valladolid, un cocodrilo puso un huevo. Nadie se hubiera sorprendido de no ser porque de aquél huevo salieron dos renacuajas. Enseguida les salieron patitas, incluso una de ellas se llegó a poner zancos.

Las bibliotecas, los centros escolares, las ferias del libro, y algunos museos eran las charcas que más frecuentaban las dos renacuajas. Allí croaban e invitaban a croar con ellas a todo el que pasaba: regalaban palabras, adivinaban deseos y los transformaban en poemas. En la biblioteca pobre del barrio pasaron largas tardes desempolvando libros y despertando apetitos lectores. En las plazas y calles hicieron de la lectura una fiesta, pero también susurraron palabras en voz baja en aulas y espacios pequeños. El Museo Nacional de Escultura las abrazó con alas de ángel, y descubrieron las mil y una historias que escondían sus tallas y retablos.

Más tarde, cada una siguió su camino: mientras una saltaba de charca en charca con un carro lleno de libros, la otra movía jóvenes con un carro con motor de acción social. Poco a poco las renacuajas fueron perdiendo la cola, que no la ilusión de seguir creciendo, y tras unos años volvieron a juntarse. Comprobaron que I+D seguía siendo un buen equipo, y descubrieron que a su alrededor había gente dispuesta a colaborar en su nuevo ecosistemas: libélulas, peces, plantas… se fueron arrimando al charco y así nació Saltalarana: producto de la rica experiencia de sus miembros, de la colaboración de profesionales interdisciplinares, de la ilusión y del amor a la palabra.

Hoy son unas ranas hechas y derechas dispuestas a visitar tu charca y transformarla en un hervidero de palabras. Si nos invitas, de un salto llegamos.